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23 de diciembre de 2011

El regalo perfecto

Para desear felices fiestas a todos, he escrito este relato...


EL REGALO PERFECTO

Llevaba la bufanda roja tan apretada, casi enroscada al cuello, que la cara la tenía del mismo color y eso que aún no había salido a la calle, pero por imperativo de su madre, una bufanda no podía llevarse de otra manera, al igual que la ley indicaba que siempre había que salir al exterior como si se fuese a explorar el Polo Norte: gorro, bufanda, guantes, botas, mil capas de ropa...

A pesar de todo, Daniel salió a la calle jovial, alegre, con el corazón en carnaval a pesar de estar en pleno diciembre. La emoción le secuestraba el aliento y los latidos de su corazón. Se sentía así desde que conoció a Lucía el último septiembre, haciendo cola para montar en el único columpio del parque.

Entre risas inocentes y nerviosas y miradas destinadas a estudiar las briznas de hierba, fue creciendo entre los dos algo que en aquel momento ni ellos mismos conocían qué era. Lo único que sabían, es que cada tarde, mientras el resto de los niños tenían motivos entre la fruslería y la zarandaja para ir al parque, ellos acudían cada tarde con la excusa de los juegos, para estar juntos... unidos.

Así pasaron los días, las semanas... mientras el otoño cada vez gritaba más fuerte y hacía que en el parque oscureciese cada vez más temprano, hecho que lo convertía en un pequeño y sombrío desierto... Pero allí se encontraban ambos, tarde tras tarde, viendo revolotear las hojas mientras sus pequeños corazones también ansiaban volar...

Por eso, aquella tarde de jueves, fría y blanca como la más pura porcelana, Daniel mintió a Lucía al decirle que no podía quedar como de costumbre en el parque con ella, ya que tenía un compromiso familiar. Pero sus pasos, alegres y casi cantarines, se encaminaban a la calle principal del pueblo con el único y ansiado propósito de comprarle un regalo de Navidad.

Sus pequeños pies dejaban diminutas huellas en la nieve, hecho acrecentado por el casi baile rítmico con el que se movía, debido a su alegría, dejando un reguero, un camino apenas imperceptible... mientras el puñado de monedas que llevaba en el bolsillo tintineaban y acompasaban sus pasos. Así llegó a la calle principal, donde la gente se amontonaba a ambos lados de la calle, en las aceras, buscando a la vez el regalo perfecto y resguardo del cortante viento.

Se quedó ensimismado mirando los primeros escaparates, absorto por las luces centelleantes y el colorido tan estudiado. Indeciso, no sabía en qué tienda entrar, ya que todas parecían un reclamo al derroche. Se decidió por una que parecía menos abarrotada y que en su interior aún se podría respirar.

Ya dentro, aquello parecía otro mundo, otra galaxia... todo guionizado y siguiendo alguna guía de marketing. Lo guiaban de un lado para otro, ansiando regalos inimaginables y quedándose embobado antes el descubrimiento del siguiente artículo. Zigzagueaba de un lado a otro de la tienda al encontrar un regalo mejor que el anterior a cada segundo…

Tras unos minutos de indecisión, se quedó con tres posibles regalos. Los regalos más perfectos que había encontrado para Lucía. Sacó de su bolsillo el botín conseguido tras romper su hucha y contó lo que era una fortuna para él: setenta y cuatro centavos. Su vista recorrió cientos de kilómetros, incrédula, repasando una y otra vez los precios de los regalos que indicaban las etiquetas.

Tras un momento de desasosiego, fue dejando los artículos en sus lugares iniciales y salió de la tienda casi sin hacer ruido, cómo si pasara de puntillas por una vida que no estaba hecha a su medida…

Pero el desasosiego apenas duró un segundo y volvió a ser engullido por las luces, los gritos, risas y colorido que inundaban sus ojos y sus oídos como si fuese un medicamento contra la tristeza.

Así fue al encuentro del siguiente escaparate, pero ahora sus ojos no se centraban en ningún regalo, ya que sólo podía mirar los precios desorbitados para su poder adquisitivo.

Terminó de recorrer la calle y la sonrisa con la que empezó la tarde había desaparecido por completo y ahora sentía una gran desazón en su interior al entender que en el mundo de los mayores, su puñado de monedas apenas compraría un envoltorio adecuado.

Comenzó a andar, pesaroso y dubitativo. Ahora sus pasos no eran joviales y alegres. Simplemente los sentía de plomo, arrastrándolos como si tuviera decenas de años a sus espaldas y creando dos surcos a su paso.

Casi sin pensar o pensando tanto que ni se había dado cuenta, llegó al parque… a su querido parque. Quizás por levantarse el ánimo, decidió entrar y estar en los rincones, en los sitios en los que estaba con Lucía.

Recorrió uno de los senderos del parque mientras recordaba sensaciones y emociones que fueron borrando la tristeza acumulada en los últimos minutos. Continuó caminando hasta que llegó a una de las fuentes, la que estaba más apartada del mundanal ruido y le hizo gracia ver cómo se había formado una columna de hielo naciendo de la salida del agua.

En aquel momento, le afloró la vena de niño y salió corriendo en dirección a la fuente y casi cuando llegó a su altura, lanzó una patada a una imaginaria pelota en forma de estalactita y gritando, inmediatamente después del impacto, un sonoro gol, mientras correteaba por la pequeña plazuela, hasta que exhausto se dejó caer en un banco.

Mientras recobraba el aliento y la vida, algo llamó su atención. En uno de los laterales de la fuente, había una hermosísima rosa, frondosa y llena de color, a pesar que la negrura de la noche lo inundaba todo.

Aquello parecía un milagro, ya que seguramente en kilómetros y kilómetros no habría nada parecido, ya que cualquier atisbo floral y de vegetación, había sucumbido al frio, al hielo… a la nieve.

Aquel milagro era posible gracias a que la fuente hacía de parapeto y de sustento. Refugiaba a la rosa del frío y del viento mientras la abastecía de agua y nutrientes.

Entonces pensó que no encontraría regalo más perfecto que la rosa para Lucía y decidió, con sumo cuidado, arrancarla de aquel lugar sombrío, solitario y frío para llevarlo a otro más adecuado a su belleza.

Retomó el camino a casa ondeando la bandera de la felicidad, aunque sus manos estuvieran ocupadas transportando, acunando a la rosa y sus pasos, a pesar de la valiosa mercancía que llevaba, volvían a ser saltarines, alegres… vivos… al igual que su corazón… y su futuro.

Aquel día, Daniel aprendió que nunca había que rendirse ante las adversidades y que incluso en las situaciones más adversas, siempre hay la oportunidad de que brote, nazca algo deslumbrante…

16 de diciembre de 2009

La bufanda roja

LA BUFANDA ROJA

Nació, abrió los ojos, aunque tiempo después descubrió que sus ojos no tenían párpados y nunca podían entornarse, ya que estaban formados por dos chapas de coca-cola. Lo primero que vio, fue a un grupo de niños, jolgoriosos y alegres, tirándose bolas de algo blanco que le resultaba muy familiar. A su lado, alguien jugueteaba con su cuerpo, lo completaba.

Para ello, le puso la mitad de una esfera de plástico roja como nariz y con sus dedos, le hizo cosquillas para crearle una enorme sonrisa y unos botones sobre su barriga, cosa que casi le hizo carcajear. Para finalizar, se quitó su gorro de lana negro y se lo dispuso sobre su fría cabeza, para después, rodearle sobre su cuello una bufanda de un llamativo rojo.

Se sintió completo, con vida y contempló todo su alrededor. Todo respiraba alegría, felicidad, festividad… Las calles que veía estaban engalanadas con luces, guirnaldas… los niños jugueteaban por toda la plaza, mientras los adultos parecía que iban con prisa de un lado a otro, cargados con multitud de bolsas de plástico.

Casi al atardecer, fue cuando ocurrió. La vio pasar, con una bufanda roja al cuello, casi idéntica a la suya, cortando el viento a su paso y la respiración del muñeco de nieve a cada suspiro.

Su sonrisa, su blanquísima y luminosa sonrisa, parecía fundir la nieve… fundirlo… hacerle desaparecer, pero a la vez, hacerlo sentir tan vivo…

Aquella primera noche apenas pudo dormir, aunque, ¿cómo podría hacerlo con aquellas dos chapas por ojos? La pasó nervioso, intranquilo, con algún fuego en su interior que quería abrirse paso, aunque aquello significara su desaparición.

Al final casi de una eternidad, llegó un nuevo amanecer, casi invisible, ya que el sol apenas se discernía sobre las nubes pesadas y grises… aunque seguramente el sol había decidido trasladarse a vivir al interior del muñeco de nieve.

Durante todo el día, estuvo esperando anhelante el paso de aquella mujer que le había descubierto lo que era la vida… el amor… Las horas apenas pasaban, mientras cientos, casi miles de personas volaban de un lado a otro de la plaza, ajenos a su lucha interior.

Tuvo su recompensa, casi a la misma hora que el día anterior. Allí volvía a estar de nuevo, sólo para él durante unos pocos segundos, tan radiante y espléndida que oscurecía a las demás personas.

Así pasaron varios días, que al muñeco le parecieron siglos, cuando aquel día, a la hora “pactada”, ella no apareció.

Su intranquilidad era palpable, casi contagiosa, ya que rápidamente la plaza se vació y las calles adyacentes dejaron de tener un tumulto de gentío por río. De hecho, la temperatura bajó varios grados y la gente fue a refugiarse en espera de las festividades tan cercanas.

Cuando la mitad de las ventanas y balcones que observaba se encontraban ya en penumbra, apareció la mujer de la bufanda roja, pero ahora no la llevaba en su grácil cuello y sí apretujada en una mano crispada, que a cortos intervalos, pasaba por sus mejillas para secarse las lágrimas.

Al llegar casi al final de la plaza, se paró en seco y tiró con rabia la bufanda al suelo, dejándola tan inerte como el muñeco de nieve y desapareció…

El muñeco sabía que nunca más volvería a verla y se quedó horas mirando aquella esquina, como observando su estela…

El viento, tantas veces tan cruel, trajo aquella bufanda roja a los pies del muñeco de nieve…

A la mañana siguiente, algunos niños, los únicos que recordaban al muñeco de nieve, echaron de menos su figura majestuosa reinando la plaza. Incluso alguno se preguntó, cómo era posible que en la noche más helada del año, el muñeco se hubiese desvanecido… entre todos dedujeron que algún borracho debió de emprender una encarnizada y desigual pelea con el muñeco de nieve y por ese motivo había desaparecido.

Pero treinta centímetros debajo de sus pies, el aroma de la chica y la esencia del muñeco de nieve, vivían entrelazados, entre hilos rojos, su propia historia de amor.

11 de septiembre de 2009

La cadencia de la lluvia

Hoy traigo un relato muy especial, que me gusta especialmente. Lo escribí en el año 2001 y siempre ha estado entre mis escritos favoritos. Por ello, este blog tiene el título que tiene.

Sé que poner algo así en un blog, con tanta letra junta y tan extenso, es un espantapájaros para el método de navegación que utiliza la mayoría de los internautas, más proclives a ver el último vídeo de moda... pero, como siempre, me encanta ir contracorriente...

A aquellos que lo lean en su totalidad... mil gracias.


LA CADENCIA DE LA LLUVIA


Como cada once de septiembre, en la plaza del pueblo se congregan todos sus habitantes para conmemorar y celebrar el final de una más de sus verbenas. Una septuagenaria orquesta es la encargada de animar, divertir y hacer bailar a la concurrencia, cosa que únicamente consigue porque la mayoría de los asistentes podrían ser los padres de los mismísimos músicos. Los escasos niños corretean entre la multitud, ocupando sus diminutas manos con grandiosas manzanas asadas, ensuciando sus trajes de domingo al hacerlos rozar con los arbustos del parque. En el ambiente se respira alegría, ya que por un día las sufridas gentes han dejado a un lado sus preocupaciones, para poder disfrutar al menos de unas horas de paz y tranquilidad.

La gente aprovecha la ocasión para hablar con los demás habitantes, ya que la mayoría de ellos solo puede hacerlo en este día, pues el resto del año apenas se ven. Los corrillos son numerosos y la gente aprovecha para ponerse al corriente de los últimos avatares; el embarazo no deseado de la hija del médico, las aventuras extra-matrimoniales del dueño de la tienda de comestibles, el cada vez más creciente alcoholismo de la mujer del alcalde…

Numerosas guirnaldas, rojas, amarillas y azules, adornan y disfrazan de punta a punta toda la plaza. El vino corre, y las escasas adolescentes también, perseguidas, al igual que el vino, por hombres no tan jóvenes. Éstas reciben sus primeros piropos, que son acogidos con una mezcla de orgullo y vergüenza, haciendo sonrosar su delicada piel y animando un poco sus aventureros y desbocados corazones.

La distribución de la plaza es bien sencilla: la mitad es ocupada por la orquesta y la pista de baile, y el resto está destinado a cuatro mesas rectangulares donde se haya dispuesto un pequeño convite, situado en la zona ajardinada, provista de numerosos bancos, que también es utilizada para descansar.

Todo el mundo parece o aparenta ser feliz, menos una chica, que desde un rincón de la plaza, desde uno de los bancos más alejados de la zona ajardinada, observa aquella pantomima, aquel inmenso océano de sonrisas falsas y venenosas, aquella farsa tan evidente, que por un momento una sonrisa de lástima y compasión asoma a sus labios.

Pero ella no observa a la gente sin más. Ella escudriña en sus ojos, en aquel pequeño espejo del alma donde sabe encontrar todo lo que realmente siente una persona. Ojos verde esmeralda, azul cielo, marrón miel, negro azabache… Pero la mayoría están apagados, sin vida. A pesar de la variedad de colores que los ojos tienen, de la múltiple diversidad de matices, a ella aquella muchedumbre le recuerda a un desierto, debido a que no encuentra aquel brillo especial, aquel brillo que hace diferente e intransferible a cada persona. Cada ojo es un grano de arena, y todos y cada uno son iguales al resto. Simplemente se amontonan para no servir de nada, a la espera de ser engullidos por unas sedientas olas. La gente sólo los utiliza para ver, no para disfrutar de algo tan maravilloso como es la vida. Seguramente es porque están cansados de ver siempre la misma rutina, de ver que sus sueños no se cumplen ni se cumplirán jamás. O posiblemente es porque ningún ser humano se merece contemplar aquello que desea, anhela y quiere.

Los tristes ojos de la chica fijan su mirada en una pareja de ancianos, que prácticamente sin mover los pies del suelo, intenta bailar la frenética canción con la que la orquesta les obsequia. Se mueven tan acompasadamente que no parecen una pareja bailando. Simplemente es un mismo ser, una misma unión, una misma vida latiendo con un solo corazón. Observa los ojos de ambos, y contempla una muestra de amor verdadero y sincero, y una enorme gratitud mutua. Lee en sus ojos que se siguen queriendo igual o más que el primer día. Y en el fondo les envidia. Sabe que un amor así ella no lo encontrará jamás. Seguramente un amor así no existe, y sólo se lo imagina en los ojos de los demás. Posiblemente utiliza los ojos del resto de la gente para imaginar la vida perfecta. Su vida perfecta. Una vida tan diferente a la suya. Pero observa las manos de la pareja, la forma tan sublime y delicada con la que las entrelazan y sabe que aunque los ojos mintieran, aunque ella se imaginara los sentimientos de los ancianos, aquella manera de tocarse, de sentir el contacto con el otro, sería imposible que fuese fingida.

Por el contrario, unos pasos y unas cuantas copas de vino a la derecha, observa a otra pareja. Y la palabra "pareja" es lo único que tienen en común con los ancianos. La mirada que el hombre le dedica a su mujer está repleta y absolutamente atestada de resentimiento y reproches. Con aire altivo, observa a las adolescentes y profiere piropos dedicados a las jovencitas al oído de su mujer. Ésta tiene que hacer grandísimos esfuerzos para no derramar ninguna lágrima. Sin embargo, la mirada de la mujer simplemente destila una perpetua petición de perdón, sin saber exactamente cuál es el motivo, pero se encuentra tan resignada, que a pesar del ambiente de alegría, sus ojos están tan apagados como apagados son los lastimeros lamentos del condenado a muerte, a la espera que el fuerte verdugo hunda todo el peso de la ley en su cuello.

Los dedos de ambos se encuentran tan rígidos como tablones de madera. Creen que su actuación es perfecta, pero todo el mundo ya sabe lo mal que van sus relaciones. Algún ojo avizor ha observado las muestras de una paliza, que un simple maquillaje no ha podido camuflar completamente. Se hallan en un camino sin retorno, en un camino que simplemente les llevará a seguir rebozándose en el lodo, sin la dignidad que tendría que tener cada persona. Pero él, a pesar de no querer a su mujer, el sentimiento de propiedad lo tiene tremendamente arraigado, y profiere incluso insultos a aquellos hombres que se atreven a mirar a su mujer. Pero no tiene ningún problema en lanzar piropos y frases indecentes a las adolescentes. Sus ojos se encuentran inyectados en sangre, de su voz alcoholizada salen improperios por doquier. Sus manos vuelven a lastimar el rostro de su esposa. La agarra fuertemente por el brazo, y decide que para ellos la fiesta ya se ha acabado, y la arrastra violentamente por toda la plaza. En la mirada de ella, sólo se dejan asomar dos sentimientos, los mismos sentimientos de siempre. Unos sentimientos que seguramente ya tiene tatuados en sus ojos: perdón y amor. El de perdón ahora va dedicado a toda la concurrencia, intentando justificar la actitud de su marido, y disculpándose por estropear parte del ambiente festivo. El de amor, aún siendo incomprensible, va destinado a su marido, que sigue arrastrándola por las callejuelas adyacentes de la plaza, y lanzando, periódicamente, su otra mano en el cada vez más maltrecho rostro de la mujer.

Decide no seguir auto-flagelándose observando aquella póstuma pareja, y desvía su mirada. Contempla como el resto de la muchedumbre reanuda poco a poco sus quehaceres. La orquesta vuelve a tocar por enésima vez la misma canción. Los vasos, que hacía un momento estaban quietos y pausados, tanto en el aire, como encima de las mesas, ahora se movían incesantemente. Avista a la hija del médico con un holgado traje, que aún hace más palpable su evidente estado de embarazada, lanzando miradas detectivescas hacia todos aquellos chicos que saborearon las dulces mieles de su cuerpo, como intentando encontrar en algún movimiento sospechoso, lo que su mente no sabe: quién es el padre. La chica apartada del mundanal bullicio, escucha la voz desagradable y aromatizada de whisky de la mujer del alcalde, y decreta no desviar la vista hacia aquella, indudablemente, desagradable visión.

Decreta que ya ha tenido suficiente ración de psicología ajena y gratuita, y levantándose del apartado banco de la zona ajardinada, encamina sus pasos hacia una de las callejuelas que rodean irreversiblemente la plaza. Pasea su cuerpo grácil y esbelto entre el océano de sonrisas falsas y venenosas y el desierto de ojos arenosos y apagados. Cuando su mirada se fija en una figura masculina que se encuentra en el otro extremo de la pista de baile, que sin ella darse cuenta, la lleva observando largo tiempo. Entonces ella se sitúa en el otro extremo de la pista, y le mantiene largamente la mirada. Ahora le recuerda. Es uno de los hijos del panadero, que había vuelto este año al pueblo después de recorrer parte de la provincia. Aprecia que su corazón bombea más rápidamente, que sus pulmones necesitan coger mayor cantidad de oxigeno. Advierte que sus manos tiemblan, y que su rostro lentamente se encuentra perlado por una fina capa de rocío corporal.

Ambos empiezan a caminar lentamente, rodeando aquella maraña de sentimientos falsos e hipócritas. A pesar de la multitud de gente que se interpone entre ellos, sus miradas siguen fijas e inmóviles, persiguiéndose y viéndose tan perfectamente como si aquella muchedumbre no existiera. No escuchan a la decrépita orquesta. Simplemente perciben el cada vez más rápido y fuerte latir de sus corazones. Al encontrarse frente a frente, parecen viejos conocidos. Sus miradas son tan limpias y claras, que ambos rápidamente comprenden que sería precioso compartir la vida. Al dedicarse mutuamente una sonrisa de complicidad, una ligera y fresca lluvia también quiere unirse a la verbena, luchando con su cadencia, la cadencia de la lluvia, contra el ritmo de la orquesta.

Entrelazan despaciosamente sus dedos, tan lentamente que les parece que llevan varios siglos haciéndolo. Cientos de miles de pequeños escalofríos recorren sus cuerpos. Se vuelven a mirar a los ojos, y podrían estar así toda una vida. En sus ojos se pueden apreciar y conocer todos los avatares, sufrimientos y penalidades por las que han pasado.

La pertinaz lluvia aumenta su cadencia, y en breves instantes se encuentran absolutamente rodeados de soledad. Todo el resto de la gente ha huido velozmente hacia la zona del convite donde se ponen a resguardo.

Pero para ellos aquel sonido de la lluvia, aquella cadencia, sí que es música, y comienzan a bailar. Los demás vecinos, hablando entre sí, critican a la nueva pareja, pero en el fondo les envidian profundamente. Saben que un sentimiento así, que la suerte de sentirlo, no lo podrán disfrutar jamás.

La joven pareja cesa de bailar. Juntan aún más sus cuerpos, y se disponen a besarse. Cuando sólo una gota de aquella maligna lluvia separa sus labios, una gota que no cae al suelo, sino que está atrapada entre los labios de ambos, cuando está a punto de ceder a la presión, de romperse en miles de partículas, unas sonoras sirenas interrumpen el sonido cadencioso de la lluvia, el ritmo decadente de la orquesta y alteran los maliciosos comentarios de la gente. Ellos siguen abrazados, mirando hacia el lugar del cuál provienen aquellas sirenas… mejilla con mejilla… corazón con corazón.

Una docena de camiones militares irrumpe en la plaza. Un puñado de hombres desciende de ellos y uno de ellos que parece estar al mando, comienza a leer un listado de nombres para luchar en una cruenta guerra. La lluvia decide en ese mismo momento amortiguar su cadencia. El nombre del hijo del panadero es uno de los primeros en ser nombrados: Daniel. Sus ojos no son capaces de apaciguar el golpe tan repentino que en sus corazones han recibido. Tranquilamente, Daniel separa su cuerpo de ella, y encamina sus pasos pesados y nerviosos hacia uno de aquellos hombres, que al comprobar su identidad le ordena que suba a uno de los camiones. Antes de hacerlo, se gira hacia la solitaria pista de baile, donde la solitaria chica moja sus frías mejillas con cálidas lágrimas, y con sus ojos le pregunta su nombre. Lucía, grita ella. Y lo grita una, diez, mil veces. Lucía, Lucía, Lucía…

A los escasos quince minutos, todo atisbo militar ha desaparecido, junto a los habitantes reclamados. Las familias que han tenido la suerte de permanecer todos sus miembros en el pueblo, huyen despavoridas hacia sus casas, no vaya a ser que los hombres de verde vuelvan con sus botas altas y su lista negra. Las familias desmembradas también inician la vuelta a casa, pero la inician con rictus de dolor y angustia en sus rostros, arrastrando sus pasos y deseando que los camiones vuelvan para unirse a ellos.

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Pasaron cinco meses, y Lucía no tuvo noticias de Daniel. Cada día, encaminaba sus pasos hacía la diminuta oficina de correos para comprobar dos cosas: si el nombre de Daniel aparecía entre la lista de muertos colgada en el tablón, y si éste le había mandado alguna misiva. Durante semanas y semanas las dos respuestas fueron negativas.

Cada noche de lluvia, Lucía miraba desde su ventana la vacía y descolorida plaza, y se imaginaba bailando abrazada a Daniel. Pero las imaginaciones no suplían en absoluto su recuerdo, aquel recuerdo con los dedos tiernamente entrelazados, sus miradas tan absortas en el otro, y cada noche lloraba, y sus ojos lentamente se fueron apagando. Dos ojos más para unirse al desierto corneal.

Pero al comienzo del sexto mes, la respuesta del funcionario de correos no fue negativa, y Lucía abrazó contra su pecho la tan esperada carta. El remite era el esperado: Daniel. A sus ojos acudieron unas finas lágrimas de felicidad absoluta, pero al disponerse a abandonar la oficina, con una furtiva mirada hacia aquel tablón maldito, comprobó como también resaltaba el mismo nombre de su remite. Las lágrimas que ahora asomaban, eran gruesas, muy gruesas. Lágrimas de dolor. Cayó desmayada al suelo.

Esa misma noche, se encontraba de nuevo sentada en su habitación mirando por la ventana hacia aquella desdichada plaza. La plaza que le había ofrecido y quitado el amor. En su regazo se encontraba la carta, tan mojada como las mejillas de una madre en la boda de su hijo. No se había atrevido a abrirla. Quería quedarse con el recuerdo de Daniel en la plaza, con los dedos entrelazados, con las dulces miradas que se dedicaron y con aquel casi completo beso. Sabía que unas palabras, sus últimas palabras, posiblemente le despertarían de aquel sueño, de aquel bello espejismo que había sido su relación.

Entonces comprendió que para que existiese el amor no hacía falta llenarlo de falsas palabras huecas, de palabras vacías y dichas por compromiso, que solamente era necesario sentirlo y demostrarlo. Y la mirada era una extraordinaria herramienta.

Así se durmió, con la mojada carta entre sus delgados dedos, y con la cabeza apoyada en el marco de la ventana.

La ligera brisa del amanecer arrancó aquella carta de los dedos inertes y sin calor de Lucía, y la trasladó muy lejos, tan lejos que ningún ser humano pudo mancillarla leyéndola. Así el propósito de Lucía se vio cumplido.

El cuerpo de Lucía recibió cristiana sepultura en el diminuto cementerio local.

Por desgracia, el descuartizado cuerpo de Daniel nunca fue recuperado.

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Cuentan los lugareños, que cada once de septiembre, la verbena es cancelada por una fuerte tormenta.

Cuentan los mismos lugareños, que cuando la plaza se vacía completamente, una pareja surgida de la nada, aprovecha la cadencia de la lluvia para iniciar su baile, y durante horas y horas ninguna gota de agua, ninguna gota de lluvia, se interpone entre sus labios, sea cuál sea la cadencia de la lluvia.

19 de agosto de 2009

Amor

Hoy toca relato propio.


AMOR

La cafetera crepitaba fieramente, como si fuese a acabarse el mundo. Apagó el fuego y puso la cafetera en la bandeja y la llevó al comedor. Sus manos conquistadas por la artrosis y sus piernas malheridas por 85 años de vida se quejaban. Se sentó a esperar que su mujer llegase para desayunar.

Al escuchar que se abría la puerta del baño, se atusó ligeramente el bigote y el cabello. Y allí apareció radiante su mujer, deseándole buenos días, con su luz propia, su sonrisa de nube y sus ojos azabache que lo convertían a él en el hombre más feliz del mundo.

Distribuyó el contenido de la bandeja entre los dos, y al ver que quedaba un vaso vacío, se dio cuenta que se olvidó de algo. Deslizó su mano por debajo del mantel, a la silla de al lado y extrajo como por arte de magia una rosa que entregó a su mujer, mientras ésta se ruborizaba, aunque este ritual se repetía desde hacía veinte años. Ella aspiraba dulcemente su fragancia, sintiéndose por unos instantes como una jovencita a la que acaban de pedir salir por primera vez.

Dejó la rosa dentro del vaso y se dispusieron a desayunar. Lo hicieron tranquilamente, sin prisa, ya que en sus vidas no había motivo para tenerla. Ahora no tenían obligaciones. Solo se tenían el uno al otro. El uno para el otro.


Acabaron de desayunar y entrelazaron sus manos. Podrían haber estado así juntos por toda la eternidad. Y lo cierto es que estuvieron bastante tiempo. Pero luego decidieron dar un paseo y salieron a la calle, al mundo...

Pasearon tranquilamente hasta que llegaron a la playa. Allí se descalzaron y fueron recorriendo toda la orilla mientras el mar mojaba tímidamente sus pies. Cuando estuvieron cansados, se sentaron en la arena y fijaron su vista al horizonte. ¡Qué lejos y a la vez que cerca lo sentían!

El sol empezaba a molestar y decidieron ir a comer. Lo hicieron en un bar tranquilo, retirado, donde solían ir. Al acabar, volvieron a salir a la calle, a sentir la brisa en sus caras...

Mientras volvían a casa vieron que en el viejo cine del pueblo hacían un ciclo de cine antiguo y reponían una película de Katherine Hepburn y Spencer Tracy y decidieron entrar a verla.

Cuando salieron el sol ya estaba casi acariciando sus sábanas ignífugas, así que se dirigieron a su casa. Cenaron algo frugal y se acostaron. Durmieron abrazados, como siempre.

A la mañana siguiente, él volvió a levantarse temprano para preparar el desayuno. Pero antes de eso, como hacía siempre, salió a la calle. Quería respirar la brisa de la mañana y también tenía que tomar la rosa diaria para su amada. Se dirigió al jardín de unos vecinos que tenían unos rosales preciosos y arrancó suavemente una rosa. Aquella acción prohibida, aunque nimia, le hacía sentir un poco más joven.

Lo que el anciano no sabía, es que durante los últimos veinte años, el vecino poseedor de aquellos rosales lo observaba cada amanecer desde su ventana mientras desayunaba antes de salir hacia el trabajo. Y lejos de mirarlo con odio o resentimiento, lo miraba con sana envidia, porque ansiaba llegar a la edad de aquel anciano amando igual.


Canción seducida por el post:



JOAN MANUEL SERRAT

Paraules d'amor

Ella em va estimar tant...
Jo me l'estimo encara.
Plegats vam travessar
una porta tancada.

Ella, com us ho podré dir,
era tot el meu món llavors
quan en la llar cremàven
només paraules d'amor...

Paraules d'amor senzilles i tendres.
No en sabiem més, teniem quinze anys.
No haviem tingut massa temps per aprende'n,
tot just despertàvem del son dels infants.

En teniem prou amb tres frases fetes
que haviem après d'antics comediants.
D'histories d'amor, somnis de poetes,
no en sabiem més, teniem quinze anys...

Ella qui sap on és,
ella qui sap on para.
La vaig perdre i mai més
he tornat a trobar-la.

Però sovint en fer-se fosc,
de lluny m'arriba una cancó.
Velles notes, vells acords,
velles paraules d'amor...

Paraules d'amor senzilles i tendres.
No en sabiem més, teniem quinze anys.
No haviem tingut massa temps per aprende'n,
tot just despertàvem del son dels infants.

En teniem prou amb tres frases fetes
que haviem après d'antics comediants.
D'histories d'amor, somnis de poetes,
no en sabiem més, teniem quinze anys...



31 de julio de 2009

Castillos de arena

Hoy toca un relato propio... el primero que pongo en esta reencarnación...

Castillos de arena


Apenas veía el horizonte porque la visión de aquella niña nublaba todo lo demás. O utilizaba el horizonte como paisaje, como fondo de su amada en una postal idílica. A su temprana edad no sabía que aquello que sentía se llamaba amor. Solo sabía que aquella niña era especial.

Por eso cada mañana temprano cogía su bicicleta e iba a la playa para verla. Al principio la veía a hurtadillas, sin atreverse a penetrar en la arena, viéndola de lejos. Pero el paso de los días animó a su corazón a adentrarse en aquel desierto.

Hasta que llegó el día en que se encontró apenas a cinco metros de ella. Y allí estaba, tan radiante como siempre, tan risueña, con el cabello rubio compitiendo con el sol y con los ojos azules dando color a todo el mar. Apenas la tenía a un par de susurros de distancia. Llegó a pensar que podría hasta escuchar sus pensamientos. Ojalá fuese así, pensó.

La veía construir castillos de arena con evidente maestría, ir y venir con su cubo a coger agua para mojar la arena. Miró a su alrededor y creyó ver enemigos por todas partes. Vio a chicos como él que también estaban contemplándola. Incluso alguno lo hacía tan disimuladamente que parecía que había ido a la playa solo a bañarse y disfrutar del sol.

Entonces temió que alguno de aquellos chicos fuese más decidido que él y se armó de valor para abordarla. Se levantó, sacudiéndose la arena de sus pantalones cortos y encaminándose lentamente hacia ella. Al encontrarse a su altura, le tocó levemente el hombro. Ella se dio la vuelta y lo observó. Sus palabras no surgieron de su boca. Estaban allí atrapadas en la garganta, como cuando a un embudo le echas demasiado líquido, o cuando dejas el grifo de la bañera abierto. Su interior se llenaba de palabras, pero por su boca no salía ningún sonido.

La permanente sonrisa de la niña desapareció, y aquellos ojos azules que tantas veces había visto tan cálidos, ahora eran completamente gélidos. De repente, el castillo de arena comenzó a desmoronarse en sintonía con su corazón. Cada grano de arena de aquel castillo volvía a su monotonía, dejaban de ser especiales, únicos, justamente como ahora él se sentía. Apenas balbuceó un "perdona" y salió corriendo a coger su bici para irse de aquel infierno.

Ni cuando huía de alguna trastada había pedaleado tan rápido. Igual de rápido asomaron lágrimas a sus ojos, como paraguas que aparecen en una lluvia repentina.

Ese día supo lo que era el amor y el desamor. Y otra de las cosas que aprendió es que los hombres también lloran.

Canción seducida por el post:



AUNQUE TU NO LO SEPAS

Aunque tu no lo sepas
me he inventado tu nombre
me drogué con promesas
y he dormido en los coches.

Aunque tu no lo entiendas
nunca escribo el remite en el sobre
por no dejar mis huellas.

Aunque tú no lo sepas
me he acostado a tu espalda
y mi cama se queja
fría cuando te marchas.

He blindado mi puerta
y al llegar la mañana
no me di ni cuenta
de que ya nunca estabas.

Aunque tu no lo sepas
nos decíamos tanto
con las manos tan llenas
cada día más flacos.

Inventamos mareas
tripulábamos barcos,
encendía con besos
el mar de tus labios.